Aprendió que ser poeta,
era un rango valioso y a tener en cuenta,
el día que el espejo le sopló al oído
y le dijo a Gloria que tomara un taxi y se adentrara
por todos los carriles de su corta existencia.
Así lo hizo.
Entonces fue que vio la barba de un anciano
en la puerta justo
que había en el horizonte de sus sueños.
El anciano carecía de rostro
pero el alma de su aura era excelsa y profusa.
Ese detalle no la turbaba, pues a cambio
el anciano disponía de una ristra
de bellas y disparatadas palabras
para nombrar el mundo...
Yo soy el verbo -dijo,
y a ti te otorgo la palabra,
la coma y el acento...
y Gloria
se llenó de risas y de colores
y sin saberlo
amó la soledad que acompaña al poeta,
feliz
por ese don que el dios de la palabra le otorgara.
Isabel de rueda


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