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| Amadeo Modigliani |
De lo más profundo, del más recóndito y apartado lugar de la mente,
de la sangre o del alma, sin saber cómo, ni porqué surge un verso;
un roce, una caricia, una luz que brota, un signo. Y con él la Memoria,
esa moneda que -como el maestro Borges dijera-,
nunca es la misma, llenándote de imágenes, mordiéndote
hasta ubicarse, hasta quedar dulcemente encajada, cercada
de silencios y recuerdos.
Es entonces cuando el verso deja de ser verso,
arrastrado por un sin fin de ideas, sensaciones, colores y olores
que brotan como espuma, que te apresan y te inundan de palabras.
Y he aquí el Poema; ese trozo de alegría, de dolor, esperanza o deseo...
verdad o mentira -ya lo dijo Pessoa- que trasciende en el espacio y en el tiempo,
que se asienta y adquiere vida propia.
A veces, pasa el tiempo y sientes que se aleja. No lo reconoces
y notas como un frío su abandono; tú lo aceptas como un milagro.
Isabel de Rueda


