martes, 27 de junio de 2017

EL CERRO DEL ARTE

 
En el cerro del arte, un canto antiguo exhalaba un resquicio de caliche dormido.
Una flor de labranza, como ropa tendida entre la ruda tierra expelía ese canto nacido a media voz, sin más acorde que unas manos acompasadas, que unos gestos donde el mosto vertía su remoto milagro.
Y allí nosotros, ¿recuerdas?, en ese extraño pálpito donde las manos labriegas de una viña nos mecía sublime.
Huéspedes los dos de un beso, de un abrazo... Inocencia vestal nacida de un paisaje donde el surco de las piedras calizas se ovillaba blandamente en mi pecho y se ovillaba blandamente en tu pecho.
Sin más edad que la edad del aire. Convidados y al calor de esa lumbre degustamos, poco a poco el vino y la vianda.  
Y victimas los dos de aquellos cantes, aquel paisaje, aquella gente, sucumbimos abrazados, justo donde un ángel plegado, coronado de cepas reposaba sus alas.
 
                                                          Isabel de Rueda

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